Despertar en el futuro

20-05-2013 11-58-24

 

Para averiguar qué les esperaba a nuestros descendientes, los escritores de ciencia ficción, antes de que se les ocurriera inventar la máquina del tiempo, no contaban con otro recurso que dormir a sus personajes y despertarlos un siglo más tarde. Al ponerlos en estado vegetativo y suspender sus funciones vitales, era posible despertarlos en un mundo sin duda lleno de sorpresas agradables. Era el viejo esquema de Rip van Winkle, el mismo de la Bella Durmiente.

El relato del progreso también permitía pensar que, conociendo el continuo avance de la medicina, un paciente terminal podría subsistir hasta el día en que los médicos hubieran aprendido cómo curarlo y hasta disponerse a comenzar una nueva vida.

Esta última idea era mucho más pragmática que la mera curiosidad de conocer el futuro, pero no dejó de interesar a los escritores, los cuales a su vez se la transfirieron a esos creativos que siempre están pensando en cómo poner en práctica las ideas. De este modo llegamos a tener toda una industria que se ocupa de la preservación criogénica. Gracias a ella, quienes puedan pagar por adelantado o tengan herederos que estén dispuestos a hacerse cargo de las facturas, pueden congelarse hoy y esperar el día en que la ciencia esté en condiciones de restaurar su cuerpo.

H. G. Wells, quien quizá sea el padre de la ciencia ficción, fue uno de los primeros escritores que usaron el recurso de dormir al personaje y despertarlo en el futuro. Como buen utopista, lo usó para ilustrar sus ideas sobre la sociedad, la historia y el progreso, que no eran precisamente optimistas.

Robert A. Heinlein, un autor que cabría situar casi en sus antípodas ideológicas, volvió a hacerlo sesenta años después, y hasta se diría que se propuso corregir a Wells. Como era previsible, los aciertos de ambos superan apenas los errores, pero no dejan de darnos algunas sorpresas. Hasta pueden hacernos alguna sugerencia a la hora de moderar nuestras propias fantasías del futuro.

El durmiente victoriano

H. G. Wells estaba tan poco satisfecho con su novela Cuando el durmiente despierta (1899) que la reescribió diez años más tarde, cuando ya se había hecho popular.

Graham, su protagonista, sufre de un terrible insomnio por culpa del estrés. Un caminante lo encuentra al borde del suicidio y se lo lleva a su casa. Pero en cuanto logra relajarse Graham cae en un profundo “trance cataléptico”, en el cual permanecerá nada menos que 203 años. Cuando despierta (en el 2104) el durmiente está en un sanatorio donde lo tienen prácticamente secuestrado, y le da bastante trabajo enterarse de cuánto ha cambiado el mundo.

Las ciudades están llenas de edificios titánicos, unidas por puentes voladizos, plataformas y caminos elevados. El tránsito circula por cintas transportadoras de gran velocidad que llevan plataformas con pasajeros. La energía es de origen eólico y toda la ciudad destella de luces gracias a la electricidad.

Sin embargo no hay libros ni diarios, porque los medios audiovisuales los han desplazado, y la gente está pendiente de la cháchara de unas Máquinas Parlantes que cuentan trivialidades. Se habla un idioma que apenas se parece al inglés, porque se escribe por fonética, y también han cambiado las unidades de medida. Hay aviones (de alas enteladas y un solo pasajero) y también televisión, que tiene pantalla oval y se llama tele-kineto-fotografía. El cine viene en cilindros y uno puede verlo en su casa, como ahora. De las películas que encuentra en su cuarto, Graham rescata El corazón de las tinieblas de Conrad, y una titulada La Madonna del futuro. La novela de Conrad acababa de publicarse, y había que tener buen ojo para darse cuenta de que sería un clásico, pero nadie podía imaginar que algún día una diva pop se haría llamar Madonna…

En cuanto va enterándose de cómo es el nuevo mundo, Graham se acuerda con tristeza de El Año 2000 de Bellamy, porque constata que no han llegado el socialismo ni la utopía. Es cierto que la moral es más liberal y que los ricos disfrutan de sus Ciudades del Placer, pero los pobres no tienen ni siquiera el derecho a la eutanasia. La gente anda vestida con el color que identifica su clase. La mayoría lleva mamelucos de lona azul; son empleados del Ministerio del Trabajo, que los rescata de la calle y les da empleos serviles que apenas les permiten sobrevivir.

Las ciudades son monstruosas (Londres tiene 33 millones de habitantes) pero el campo se ha despoblado. La falta de libertad está garantizada por la desinformación y una eficaz represión policial.

Graham descubre por qué todos quieren verlo, cuando se entera de que es algo así como el amo del mundo. Ocurre que gracias al interés compuesto y la especulación bursátil, que multiplicaron sus modestos ahorros, ha terminado por ser el mayor de los propietarios. Hay dos bandos que se lo disputan: el comité que administra su dinero y un líder revolucionario que invoca su nombre. Mientras el pueblo le reclama que haga justicia, Graham logra escaparse del hospital pero es secuestrado por los revolucionarios que están por derrocar al Consejo. El nuevo dictador lo usará como figura decorativa, pero el poder será para él. Al fin el pueblo y el dictador se enfrentan en una batalla aérea, y la novela concluye casi abruptamente.

Como vemos, Wells no deja de tener algunos aciertos en cuanto a la tecnología. Tampoco era demasiado audaz imaginar que la injusticia podía cambiar de discurso sin dejar de ser lo que es. Pero lo más irónico es que pudiera pensar que el interés compuesto y algunas acertadas inversiones bursátiles pudieran hacer crecer el capital al infinito. Nunca imaginó la inflación, las devaluaciones, las burbujas financieras, los cambios de moneda, los ajustes, corralitos y corralones que a lo largo del siglo XX hicieron definitivamente imposible que el ahorro fuera la base de la fortuna, como todavía creían los victorianos.

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El durmiente californiano

Robert A. Heinlein fue un escritor que podemos llamar polémico, si preferimos no profundizar en sus ideas políticas, pero nadie puede negar que fue el autor de ciencia ficción más exitoso de su tiempo.

Cuando Heinlein escribió Puerta al verano (1957) ya se hablaba de criopreservación, y eso le permitió imaginar una clínica dedicada a ese negocio. La ubicó en Riverside (California), y su novela inspiró a los fundadores de Alcor, la primera empresa del rubro, que fue a instalarse precisamente allí. Pero Heinlein, que había apoyado el proyecto, a la hora de morir pidió que lo cremaran.

Heinlein era un arquitecto apasionado por la tecnología. Por eso hizo que Daniel Davis, el protagonista de su novela, fuera ingeniero. De hecho, si descartamos algunas intrigas y un casto romance, de lo que más se habla en el libro es de tecnología.

Daniel acaba de ser estafado por su novia y su mejor amigo, que lo han dejado sin un dólar y le han robado su empresa. Está quebrado, y reserva una plaza para ser congelado, pensando que quizás en el año 2000 le irá mejor. Como ha leído a Wells, no confía mucho en la caja de ahorro ni en el interés compuesto. Descarta los bonos del Estado, por miedo a la inflación y especula con hacerse rico aportando a un fondo de pensión que le permitirá despertar joven y jubilado. Pero para asegurar el futuro de su ahijada, le deja acciones del área de las tecnologías de punta, como la automatización y el desarrollo de alimentos a base de algas, que imagina serán las grandes industrias del año 2000. De hecho, la robótica pudo ser un buen negocio, pero de las algas nadie habla. Con los transgénicos le hubiera ido mejor, pero todavía no habían llegado Watson y Crick.

Cuando Daniel aún no ha terminado de decidirse, sus ex socios lo duermen y se lo sacan de encima mandándolo a congelar. Corre el año 1970 y cuando despierte será el 2000. Como el plazo es corto y su futuro ya está en nuestro pasado, podemos hacer un balance más ajustado que en el caso de Wells.

Davis es una especie de Edison de la robótica, y tiene dos principios: “no desarrollar un producto desde cero sino aprovechar lo que hay en el mercado” y “no pensar en reparar sino en reemplazar componentes”. Cualquiera diría que dio en el blanco, porque no se puede negar que ése es el curso que siguió la innovación tecnológica.

En 1970, cuando lo ponen en hipotermia, Davis ya ha diseñado un par de robots domésticos que limpian pisos y ventanas. También ha creado un dispositivo para dibujar planos y proyecciones usando un teclado, y ha inventado una máquina de escribir con reconocimiento de voz, que es capaz de responder a un dictado. Todo un acierto, hace cincuenta años.

El día que lo descongelan, Davis es atendido por un robot enfermero que se parece mucho a los que él diseñaba, porque todos sus planos han sido robados o copiados. Lo que más le llama la atención es el diario, que viene en color y con fotos estéreo. Se lee en una pantalla táctil, porque basta tocarla para que pasen las hojas. Año más o menos, es otro notable acierto.

Las noticias que trae el diario merecen un párrafo aparte. Según los titulares, “Pakistán amenaza a la India” y una gran potencia asiática ha desplazado a los Estados Unidos del mercado latinoamericano. Podrían ser noticias reales del 2000, de no ser porque también prevé más violencia racial en Sudáfrica, algo que Mandela logró evitar. Heinlein imagina el alquiler de vientres, pero también viajes a Marte, y algo que está mucho más lejos, como la “gravedad cero”.

A diferencia del durmiente de Wells, Daniel descubre que la empresa de la cual tenía acciones quebró, de manera que está peor que antes. Consigue trabajo en una fábrica donde tiene que supervisar robots que aplastan y mandan a fundir autos 0 Km, con el fin de mantener activo el consumo. Con el tiempo, logra actualizar sus conocimientos, pero sólo consigue empleo en la fábrica de robots, donde cumple el papel simbólico de Fundador para las relaciones públicas, un destino similar al del personaje de Wells.

Al fin, logra encontrar a un físico que está experimentando con una máquina del tiempo. Con ella vuelve al pasado, arregla sus asuntos de patentes, se congela de nuevo y regresa al futuro justo para el tiempo que su ahijada, ya mujer, despierte del sueño artificial. THE END.

Este despliegue oportunista de recursos del género no habla muy bien de la novela, pero quizá nos ayude a sacar una conclusión que valga para ambos autores. Parecería que es bastante fácil imaginar la evolución de la tecnología extrapolando las tendencias del presente, siempre y cuando no haya imprevistas revoluciones.

Anticipar el futuro de la sociedad es más complicado, como se nota en el caso de Wells, que se arriesga a un plazo más largo. Sorprende encontrarse con el clientelismo, pero no tanto que los políticos y cortesanos sigan siendo frívolos, que los peluqueros se cuenten entre las figuras más respetadas o que la educación esté reducida a inculcar conocimientos profesionales para evitar que la gente piense. Puede parecernos absurdo que en el futuro de Heinlein se aplasten autos nuevos para sostener el consumo, pero lo que nosotros hacemos es mandarlos a la calle para que se aplasten con gente adentro.

Por lo visto, la marcha de las cosas políticas, sociales y económicas tiene un mayor margen de imprevisibilidad. Como que depende de los caprichosos seres humanos.

  Por Pablo Capanna

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