“Locos”, por Adrián Paenza

La historia muestra que siempre fue difícil pensar distinto. Cada tanto aparece alguien con una idea diferente y revoluciona todo. Inmediatamente aparece la etiqueta: es un loco, está loco. Justamente, tildados de locos por sus contemporáneos, esa misma historia ofrece múltiples ejemplos de mujeres y hombres que lucharon contra la corriente. Muchos de ellos recibieron un reconocimiento cuando ya no vivían para poder disfrutarlo, o vieron cómo otros, más poderosos, más cercanos al establishment, más “conocidos”, se quedaron con un crédito que no les correspondía.
Paenza piensa... ¿y vos?

El camino muestra también cuánto incidieron las distintas iglesias, y muy en particular la católica, para cuestionar, estorbar, entorpecer y atrasar la evolución del ser humano.

Lo que sigue es parte de un periplo que Arthur Schopenhauer definió muy bien: “La verdad pasa por tres estadíos. Primero, es ridiculizada. Segundo, enfrenta una violenta oposición. Tercero, es aceptada y se vuelve evidente (obvia)”.

Supongo que un buen lugar para empezar es con Nicolás Copérnico, matemático, astrónomo, jurista, médico y vaya uno a saber qué más en una época en donde estaba virtualmente todo por descubrirse. Copérnico planteó en 1543, muy poco tiempo antes de su muerte, que era el Sol y no la Tierra el centro del Universo. Pagó inmediatamente cuando sus amigos protestantes lo tildaron de arrogante, engreído, “un loco quien se cree que tiene derecho a ‘poner en movimiento la Tierra’ (sic) y ‘detener al Sol’”.

Pero no fue Copérnico quien sintió el verdadero castigo por poner en duda el geocentrismo, sino Galileo Galilei, otro matemático, astrónomo y filósofo quien hoy es considerado algo así como “el padre de la astronomía moderna”. Galileo sí que padeció el escarnio público y terminó víctima de la brutal Inquisición romana en 1615, humillado y finalmente encarcelado en su casa por el resto de su vida, obligado a arrepentirse y tildado de hereje. ¿Cómo habría de osar alguien discutir las creencias papales y de la Iglesia?

Un curiosísimo caso que exhibe la diferencia de aquel que está cerca del anillo del poder y de aquel quien no es el que involucra a George Zweig y Murray Gell-Mann. Los dos son físicos, los dos están vivos. Zweig es ruso nacionalizado norteamericano, mientras que Gell-Mann es nacido en Nueva York. Los dos, trabajando en forma independiente, descubrieron que había partículas elementales más pequeñas que los neutrones y los protones. Zweig los llamó “aces” mientras que Gell-Mann les dio el nombre con el que se conocen actualmente: quarks. Pero mientras la comunidad científica ninguneó a Zweig porque era un desconocido, publicó el trabajo de Gell-Mann porque él sí formaba parte del circuito oficial, del establishment científico. Y tan así fue, que cinco años después, en 1969, Gell-Mann recibió el Premio Nobel de Física, distinción que no alcanzó a Zweig, quien en el momento de escribir lo mismo que Gell-Mann fue ridiculizado y acusado de charlatán.

Otro caso típico fue el del famoso Nikola Tesla, ingeniero de origen serbio, quien tuvo que pelear nada menos que con Thomas Alva Edison. En una época (fines del siglo XIX) cuando el mundo se iluminaba usando la luz de una vela, Tesla inventó un sistema eléctrico (“la corriente alterna”) que es el que se usa hasta hoy para tener electricidad en su casa y en la mía. Edison defendió el uso de la corriente directa o continua y pulseó con Tesla, quien fue el propulsor de la corriente alterna, que es la que se usa hoy.

La historia oficial le adjudica a Edison el haber inventado la “lámpara eléctrica”, pero no fue él quien lo hizo, sino Tesla. Edison se quedó con todo el crédito porque él fue quien la distribuyó y la vendió.

Edison tenía (y tuvo) siempre la sartén por el mango, en la medida en que fue el empleador de Tesla, pero Tesla tenía razón y no pudo en vida recibir el reconocimiento que le correspondía. Tesla es considerado hoy uno de los más grandes inventores de la historia. Todavía está en discusión si fue él y no Marconi quien inventó la radio, pero a Marconi le dieron el Premio Nobel y a Tesla no. Y más aún: la historia oficial también dice que Robert A. Watson-Watt fue el inventor del radar, pero la otra historia lo reconoce a Tesla como el autor intelectual.

Tesla incluso trabajó para Edison, quien le ofreció en su momento el equivalente de lo que hoy sería un millón de dólares si le resolvía el problema que tenía con los motores y generadores de su fábrica. Tesla lo hizo y cuando fue a reclamar su dinero recibió esta respuesta de Edison: “Tesla, usted no entiende el sentido del humor de los norteamericanos”. Edison vivió su vida tratando de hacer dinero y patentando invenciones de otros. Tesla fue un científico que inventó –entre otras cosas– nada menos que el sistema eléctrico que usamos hoy. Edison murió rico y poderoso. Tesla murió en la habitación de un hotel menor en Nueva York sin un dolar y agobiado por sus deudas.

Otro caso increíble es el de Barry Marshall, un médico australiano, quien fue el que descubrió en 1984 que la mayoría de las úlceras son causadas por una bacteria (Helicobacter pylori) y no por el estrés, como creía todo el mundo hasta allí. Sus colegas no le creían y Marshall veía cómo la vida de muchísimas personas podría resolverse sencillamente tomando el antibiótico adecuado. Como Marshall no lograba enfermar a un animal y el tiempo pasaba, tomó una medida drástica: ¡decidió usarse a él mismo como parte del experimento! Preparó una mezcla que contenía la bacteria, la puso en un recipiente y la bebió. Marshall escribió en su autobiografía que nunca imaginó que se enfermaría tan gravemente, pero la confianza que tenía en la solución le permitió avanzar dando un paso tan brutal. Aun después, ya curado y con cientos de ejemplos de pacientes que, desesperados, aceptaron el tratamiento que no estaba ni aceptado ni aprobado, la comunidad médica seguía poniendo reparos. Eso sí: más tarde, en el 2005, Marshall recibió entonces el Premio Nobel de Medicina por sus aportes.

La matemática también tiene varios ejemplos para aportar, pero el más saliente es el de Georg Cantor. Cantor nació en St. Petersburgo, pero vivió la mayor parte de su vida en Alemania. Fue el inventor de la Teoría de Conjuntos pero, más allá de eso, su vida se transformó en un calvario porque la sociedad matemática, encabezada por Leopold Kronecker, no pudo aceptar su descubrimiento de que había infinitos más grandes que otros. Tal fue el desprecio que sufrió en su época que terminó internado en un hospicio, creyéndose loco y aceptando –virtualmente– la condena de quienes estaban equivocados. Cantor había escrito en el momento de su descubrimiento: “Lo veo, pero no lo creo”. Hoy, sus trabajos son considerados pioneros y sus resultados son estudiados en todos los departamentos de matemática del mundo.

Quiero terminar, por ahora, con el caso de Robert Goddard, un físico norteamericano quien fue el primero en diseñar y construir un cohete con combustible líquido. Eso sucedió en el año 1926. A esa altura, los científicos pensaban que sería imposible construir lo que hoy sería un cohete que lleva un satélite al espacio. Goddard pensaba algo distinto, a tal punto que escribió que el hombre sería capaz de salir de la atmósfera y alunizar. La reacción que produjo su predicción fue tan virulenta que el propio The New York Times publicó un artículo en donde castigaba a Goddard por decir que un cohete podría operar más allá de la atmósfera porque en el vacío no tendría “nada contra lo que empujarse”. Peor aún: lo defenestraron por desconocer lo que el diario llamó “física de colegio secundario”.

Goddard se recluyó y decidió seguir trabajando sin responder. Eso sí: cuando Goddard ya había muerto, 49 años después, The New York Times escribió: “Investigaciones posteriores permitieron confirmar los resultados de Newton del siglo XVII, y ahora se ha establecido que un cohete puede funcionar tanto en la atmósfera como en el vacío. The New York Times lamenta el error”. Así. Y nada más.

Y nada más, por ahora. En más de 45 años como docente, hay una cosa que aprendí para siempre: escuchar a alguien que tiene una idea, aunque parezca equivocada o, en todo caso, que me parezca equivocada. Muchas veces me tropecé con estudiantes que me hicieron ver que quien no entendía era yo. Eso, creo que vale la pena escuchar, y sobre todo a los niños. Continuará.

 
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Los locos. Los que piensan por fuera de lo convencional, los que son capaces de decir que “no”, los que se rebelan, los que no aceptan el orden establecido. O los que miran más allá.

La historia tiene múltiples ejemplos de personas que se atrevieron a pensar distinto, y ninguna lista será suficientemente exhaustiva aunque más no sea porque seguro que conocemos a muchos, pero ¿cuántos más hubo de los que no tenemos ni idea porque los sometimos con las “leyes del sistema”?

En esta segunda parte quiero recorrer la historia de otras personas que tuvieron que luchar contra la mediocridad de la época, discutidos, vilipendiados, atacados y hasta enloquecidos y encarcelados. Acá van.

Gregor Mendel fue un fraile de origen alemán, nacido en lo que hoy sería la República Checa. Hijo de granjeros, la fascinación por el cultivo de algunas plantas y vegetales lo llevó a hacer múltiples experimentos, especialmente con arvejas. Alternando su tiempo entre la abadía y la granja, la historia registra que entre 1856 y 1863 cultivó alrededor de 28 mil plantas. Comenzó haciendo diferentes cruzas entre ellas (altas, bajas, semillas de diferentes formas y colores) y se ocupó especialmente de llevar un detallado registro de lo que encontraba, qué características permanecían con el paso de las generaciones, cuáles se esfumaban, cuáles mutaban. Como Mendel tenía también una educación matemática, se ocupó en establecer proporciones de lo que sucedía también con otras plantas y con ratones, buscando signos “genéticos” que predominaban, otros que eran segregados y así terminó describiendo las que hoy se conocen como las leyes de Mendel. Para ponerlo en otros términos: fue Mendel quien descubrió las reglas básicas sobre la transmisión por herencia de las características de padres a sus hijos. Los rasgos de la madre y del padre no se funden, no se mezclan en el hijo/hija, sino que pasan intactos. Algunas características son dominantes, otras son recesivas, y la explicación de por qué en unos casos sí y en otros casos no es meramente que unas son más probables que otras.

El trabajo de Mendel fue duramente criticado e ignorado. El mismo escribió en 1884, poco tiempo antes de morir: “Estoy convencido de que no pasará mucho tiempo hasta que el mundo entero comprenda los resultados de mi trabajo”. Tuvieron que pasar más de cuarenta años desde su muerte. Ya en la primera parte del siglo XX, el trabajo de Mendel fue rescatado, reconocido y revalorizado. Mendel tiene un lugar destacado en la historia de la ciencia, sólo reservado para los pioneros en alguna especialidad, y sus leyes, las conocidas ahora como las leyes de Mendel, constituyen el fundamento de la genética.

John Logie Baird fue el inventor de la televisión. Así, tan categórico como suena. Fue el primero en el mundo en exhibir un sistema de televisión en funcionamiento. Dicho de otra forma: fue el primero en poder transmitir en forma inalámbrica imágenes y sonido que fueran recibidos por una caja especialmente diseñada a tales efectos. Nacido en Escocia en 1888, graduado como ingeniero, ya en Inglaterra visitó las oficinas del diario Daily Express para ayudar a difundir y promocionar su invento. El editor en jefe dijo lo siguiente (de acuerdo con lo que escribió uno de los periodistas del diario, el que recibió la instrucción): “Por el amor de Dios, vaya a la recepción y deshágase de un lunático que está allí. Dice que tiene una máquina que permite ver en forma inalámbrica. Tenga cuidado, puede que tenga una navaja con él”.

El sonido no era el problema. La dificultad eran las imágenes. Después de muchos años de esfuerzo, Baird logró transmitir una imagen muy débil por unos pocos metros. Pero eso era lo que le hacía falta. Más allá de haber sido tratado de loco en un comienzo, el 26 de enero de 1926 Baird ofreció una demostración de su invento frente a cincuenta científicos reunidos en el centro de Londres. El sonido y las imágenes no viajaban en forma simultánea. Recién lo pudo conseguir en el año 1930. El “loco” de la navaja tiene hoy su reconocimiento, a pesar que el crédito –históricamente– se lo lleven otros.

En el mundo de la física, Fritz Zwicky, nacido en 1898 en Bulgaria pero de padres suizos, es considerado uno de los genios con menor reconocimiento del siglo XX. Zwicky fue el primero en describir la existencia de la materia oscura, en 1930, el primero en hablar de (y acuñar la palabra) “supernovas”, de estrellas de neutrones, por poner algunos ejemplos. Sus teorías fueron ignoradas por casi medio siglo y siempre rodeadas de escepticismo. Muchísimas de sus ideas fueron corroboradas con el tiempo, varias luego de su muerte. Su carácter irascible, su arrogancia, el desdén con el que trataba a sus colegas, terminó poniendo una distancia insalvable entre él y el resto de la comunidad científica. Jesse Greenstein, el director del departamento de Astronomía del CalTech, escribió: “Como ser humano, Zwicky fue una persona detestable, petulante y egoísta. Intratable. Pero tenía una enorme facilidad para producir ideas radicales, transformadoras, desafiantes y, la mayoría, correctas”. En este caso particular, parece que fue el propio autor de esas ideas quien se confinó al ostracismo.

La siguiente historia es realmente increíble mirada desde el siglo XXI. Ignaz Philipp Se-mmelweis fue un médico húngaro nacido en 1818. Dedicó buena parte de su vida a ejercer como neonatólogo y obstetra, en una época en donde las condiciones de asepsia no eran frecuentes, a tal punto de que tanto las madres que parían como los bebés recién nacidos morían en porcentajes que hoy serían inaceptables (¡un 10 por ciento!) debido a la falta de cuidado en la higiene de los médicos. La enfermedad más común a mediados del siglo XIX era la fiebre puerperal. En ese momento, en Inglaterra, la fiebre puerperal producía más muertes que la propia tuberculosis. La situación era tan grave que muchas mujeres preferían parir en sus casas para no exponerse a los riesgos de infección en un hospital.

Semmelweis ejercía en el servicio de obstetricia del Hospital General de Viena. En principio, advirtió que en una de las salas el índice de mortalidad era dramáticamente superior al de la otra: 10 por ciento versus 4 por ciento. Comenzó a seguir los casos cuidadosamente, hasta descubrir algo entre elemental e inédito: eran los propios médicos y enfermeras los que infectaban a los pacientes. Después de testear diferentes hipótesis encontró que el número de casos se reducía fuertemente a poco que los médicos ¡se lavaran las manos! cuando trataban a una mujer embarazada, especialmente después de haber estado en contacto con cadáveres.

La teoría de que los gérmenes eran los causantes de las diferentes enfermedades no era conocida aún. Por lo tanto, Semmelweis dedujo que “algo” de lo que tenían los cadáveres incrementaba el riesgo de infecciones, tanto en las madres como en los bebés, y propuso que los médicos y enfermeras se levaran las manos con una solución que contuviera cloro.

Cuando hizo su anuncio, en un congreso, en el año 1850, recibió muestras de desdén, rechazo y hostilidad. Los médicos que refutaron su teoría expusieron un argumento que hoy sería considerado criminal (y esto está escrito): “Aunque los descubrimientos del doctor Semmelweis fueran correctos, lavarse las manos antes de entrar en contacto con una nueva paciente sería ¡muchísimo trabajo!” (sic). El congreso médico que se llevó a cabo en Alemania terminó rechazando la teoría de Semmelweis, en especial después de que se conociera la opinión del médico más famoso de la época: Rudolf Virchow. Ese fue el golpe final.

Los médicos participantes no estaban convencidos de tener que admitir que eran ellos los causantes de tantas muertes. Semmelweis pasó 14 años de su vida desarrollando sus ideas y tratando de convencer al establish-ment. Publicó su libro sobre el tema en 1861, pero cuatro años más tarde fue forzado a internarse en un hospital psiquiátrico, le pusieron una camisa de fuerza y murió a las dos semanas de haber ingresado.

Hoy, Semmelweis es reconocido como el pionero en las políticas antisépticas y de prevención de enfermedades contraídas en los hospitales.

La lista podría seguir. Pero creo que hasta acá está bien. De hecho, más allá del reconocimiento del que ya nunca se enterarán, nos queda la alternativa de “repensarnos” como sociedad, y no llegar tan apurados a desmentir y agredir a aquellos que piensan distinto, a tolerarnos las diferencias y a valorar un poco más a los que, hoy, parecen “locos”.

 

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