¿Quién paga los daños que genera la industria?

El que causa un daño debe cubrir los gastos ocasionados. Pero en el caso de grandes empresas que han causado catástrofes ambientales, las víctimas y los Estados terminan pagando todo.

El 19 de noviembre de 2002 naufragó el tanque petrolero “Prestige” frente a costas españolas. 64.000 toneladas de crudo contaminaron 3.000 kilómetros de la costa atlántica en España, Francia y Portugal. Los daños se calculan en 9 mil millones de euros. Hoy,  más de 10 años después de la catástrofe, aún no está establecido quién paga por los perjuicios, aunque los costos de la limpieza de las costas ya los pagaron los contribuyentes.

“Las víctimas locales sufren primero la devastación y luego son todos los ciudadanos los que con el pago de sus impuestos cubren, por lo general, los daños causados por terceros”, dice Daniel Mittler, director político de Greenpeace International.

¿Quién es el responsable?miracle

En el caso del “Prestige”, el barco estaba registrado en las Bahamas, le pertenecía a una firma en Liberia y transportaba petróleo por encargo de una empresa griega.

Según Heike Daams, experta en daños ambientales de la reaseguradora “Munich Re”, “el que daña, paga. En principio”, dice a DW.

Uno de afectados por el derrame de petróleo en Golfo de México, aquí en Orange Beach, Alabama.

Y hasta que una corte no establezca, con precisión, quién es el responsable, las aseguradoras no mueven un dedo. “Un seguro de una empresa es comparable con un seguro privado de responsabilidad civil”, explica Daams. Una vez se sabe quién es el responsable, se procede a averiguar si el culpable posee un seguro y éste cubre los daños generados. Un procedimiento también válido en caso de que catástrofes naturales, como terremotos o inundaciones, desencadenen un accidente. El propietario de algo es el que tiene que prever los posibles riesgos o peligros.

Ríos contaminados

En un accidente de una planta química en Rumania el 20 de enero del año 2000 fluyeron 100.000 metros cúbicos de cianuro a los ríos de la región de Baia Mare. Las aguas contaminadas también afectaron el Danubio. La empresa responsable quebró y la sucesora no asumió los gastos de la destrucción.

La situación es grave. Así una empresa esté asegurada, las sumas pagadas apenas cubren una parte de los daños. Cuando se compra un seguro, a menudo las empresas no tienen en cuenta las posibles dimensiones de un accidente y los daños que puede causar.

“Faltan regulaciones internacionales sobre el cubrimiento de daños ambientales causados por empresas”, advierte Daniel Mittler, quien propone la fundación de una especie de Corte Internacional para Daños Ambientales. Pero la “verdadera catástrofe”, concluye el experto de Greenpeace, es que “el medio ambiente no soportará nuestra fiebre por producir y consumir”.

La pelea por el cubrimiento de los costos

En el caso de la plataforma petrolera “Deepwater Horizon”, que hace tres años explotó en el Golfo de México, la disputa se centró en establecer cuánto debería pagar “Transocean”, la firma que la operaba. El consorcio británico British Petroleum (BP) había, a su vez, arrendado la plataforma de manos de “Transocean”. Una compleja situación, pero normal, según Damms.

Fukushima como ocurrió

El caso Fukushima

General Electric, Hitachi y Toshiba fueron los consorcios que construyeron el tipo de reactor que falló tras el terremoto y el consecuente tsunami en Japón en marzo de 2011. “Hasta ahora, empero, ninguno de estos consorcios ha dado un solo céntimo para asumir las consecuencias del desastre nuclear”, critica Daniel Mittler, de Greenpeace International. La empresa Tepco, operadora de las plantas nucleares, fue nacionalizada por Tokio.

Así que será Japón, en realidad los contribuyentes, quienes asuman todos los costos generados por una de las hecatombes más graves provocadas por el uso de la energía atómica: 80 mil millones de euros.

ONU ACUSA AL GOBIERNO JAPONES DE DESESTIMAR PROBLEMAS CON LA CENTRAL DE FUKUSHIMA

Alarma por fugas radiactivas en Japón

El Comité Científico sobre los Efectos de la Radiación de Naciones Unidas sostiene que el gobierno nipón desestimó ciertas radiaciones. Y concluyó que su nivel “podría ser hasta un 20 por ciento superior a lo que se creía hasta ahora”.

Las malas noticias que llegan sobre la planta nuclear de Fukushima tienen pasado, presente y futuro. Pero además conservan una alta combustión política. Desde el 11 de marzo de 2011, en que se produjo la tragedia, se la compara con Chernobyl, el antecedente más grave y más cercano ocurrido en la ex Unión Soviética, hoy Ucrania, en 1986. El primer ministro japonés, Shinzo Abe, destacó el miércoles pasado que las filtraciones de agua radiactiva están bajo control. Repitió lo que dijo en Buenos Aires cuando la visitó en septiembre para la Asamblea del Comité Olímpico Internacional (COI) que eligió a Tokio como sede de los próximos Juegos 2020 (ver aparte). “En este momento, bajo el cielo azul en Fukushima, los niños juegan al fútbol”, aseguró. Sus refutadores están en su propio país y hasta en la ONU. El Comité Científico sobre los Efectos de la Radiación de esta última, sostiene que el gobierno nipón desestimó ciertas radiaciones. Y concluyó que su nivel “podría ser hasta un 20 por ciento superior a lo que se creía hasta ahora”. Para rematarla, la Autoridad de Regulación Nuclear japonesa, un ente independiente, criticó a la operadora de la central Tepco (Compañía Eléctrica de Tokio) porque a diario se filtran al mar 300 toneladas de agua contaminada.

Japón, el ejemplo de reconstrucción más difundido del mundo capitalista desde la Segunda Guerra Mundial hasta hoy, es la tercera economía planetaria. Pese a ello, importa la mayor parte de su energía. De ahí que le resulta vital reabrir sus cincuenta reactores nucleares que mantiene clausurados desde el tsunami que devastó Fukushima. La primera interesada en que vuelvan a funcionar es Tepco. Pero su lobby, que ha desplegado a pleno para conseguirlo, se contradice con las alarmas que causan sus propios anuncios de fugas de agua radiactiva. El último lo realizó el jueves pasado. El anteúltimo lo había hecho el 10 de octubre, cuando informó que se habían detectado altas concentraciones de cesio radiactivo en el mar que circunda a los reactores.

El Comité Científico sobre los Efectos de Radiación de la ONU (Unscear), acaba de cuestionar los criterios y métodos empleados por el gobierno japonés y Tepco para medir las consecuencias de lo ocurrido en Fukushima. Concluye que la central nuclear podría haber liberado un 20 por ciento más de radiactividad de lo que se consideraba hasta hoy. En julio de 2011, Wolfgang Weiss, su presidente, comparaba lo que pasó en la ex URSS hace veintisiete años con el desastre de Japón: “Chernobyl era un reactor. Aquí tenemos cuatro y un almacén de residuos. El inventario de lo que hay es mucho peor”. Y sobre todo después de que esta semana pasara por Japón el tifón Wipha. Provocó fuertes lluvias que podrían haber volcado tierra radiactiva en el sistema de drenaje.

Desde el exterior, las críticas provienen de distintos especialistas. Citado por la BBC, el alemán Mycle Schneider, autor de numerosos informes sobre energía nuclear y asesor durante veinte años del Parlamento Europeo en el tema, dijo que “hay pérdidas de agua por todas partes, no sólo de los tanques, sino que también está goteando desde los sótanos, se está filtrando por las grietas a todas partes. Nadie puede medir eso. La situación es mucho peor de lo que se nos ha hecho creer”.

Justin McKeating, autor del blog Nuclear Reaction Greenpeace Internacional, se pregunta: “¿Cuánta incompetencia por parte de Tepco está dispuesto a tolerar el gobierno japonés? No hubo arrestos ni despidos. Entre tanto, el primer ministro Abe viaja por el mundo promocionando la industria nuclear. La situación es absurda”.

Cuando no viaja, la política global que pretende llevar adelante en su país ha sido bautizada como Abeconomía. En ese marco, este político conservador y defensor del desarrollo atómico japonés como abastecedor de energía, pretende relanzarlo, como anunció en septiembre: “Reactivaremos las plantas de energía nuclear siguiendo los estándares de seguridad más estrictos del mundo”.

Abe no toma en cuenta la ambivalencia de la población que arrojó como resultado más de una encuesta. La periodista Suvendrini Kakuchi, de IPS (Inter Press Service), cita dos muestreos diferentes en un artículo de esta semana. El primero es de julio de 2012, lo realizó el diario Tokyo Shimbun y arrojó que el 80 por ciento de tres mil encuestados se pronunciaron en contra del desarrollo atómico. Otro medio, Asahi Shimbun, informó que había cedido el rechazo a la puesta en funcionamiento de los reactores: un 40 por ciento de mil consultados se mostró a favor un año después.

Los activistas que cuestionan la política nuclear de Abe, se han hecho notar. El que llegó más lejos en su propósito es un ex embajador japonés en Suiza: Mitsuhei Murata. Le escribió una carta al secretario general de la ONU, Ban Ki-moon para pedirle que impidiera la organización de los Juegos Olímpicos en Tokio 2020. Los 220 kilómetros que separan a Fukushima de la capital japonesa resultaron suficientes para el COI, que la eligió por sobre Madrid y Estambul. Además de las promesas de Abe en Buenos Aires durante la votación (“El mundo está preocupado por Fukushima. Déjenme decirles que la situación está bajo control…”). Y los 4500 millones de dólares que prometió Tokio en infraestructura para la cita olímpica.

Por ahora se imponen los recursos millonarios del gobierno conservador. No lo detuvieron las movilizaciones de cientos de miles de japoneses críticos de la energía nuclear desde que la central de Fukushima colapsó. Tampoco los centenares de denuncias que se acumulan contra Tepco ni las evaluaciones negativas del desastre que difundieron científicos prestigiosos. Mucho menos el último discurso callejero de Kenzaburo Oe, ganador del Premio Nobel de Literatura 1994 ante 2000 personas reunidas en la plaza pública de Hibiya. Ni hubo respuesta para los agricultores y pescadores de la zona afectada que se quedaron sin trabajo.

El primer ministro tuvo una respuesta para todo, incluido el estado de salud de la población. Cuando pasó por Buenos Aires dijo: “No hubo problemas relacionados con la salud hasta ahora. No los hay en el presente y no los habrá en el futuro, lo afirmo de la manera más inequívoca y enfática”. En agosto pasado la prefectura de Fukushima presentó un estudio sobre la glándula tiroides de casi 200 mil niños y adolescentes del lugar. Arrojó 18 casos de cáncer y 25 que podrían estar incubándolo. El porcentaje no parecería significativo hoy. Pero Weiss, el presidente del Comité Científico de la ONU, recordó que Chernobyl generó consecuencias en humanos que no se conocieron hasta cinco años después.

 Por Gustavo Veiga gveiga12@gmail.com

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